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domingo, enero 14, 2007

La vida de un peón en una hacienda del sureste

En el año de 1960, el Sr. GGC vivía con su familia bajo la tutela de su patrón RGH dueño de vidas y destinos de todo ser viviente que transitaban dentro del perímetro de su propiedad. La hacienda, ubicada en algún lugar del Panuco Veracruz, era como cualquier otra de aquél México prerrevolucionario que aún se niega a morir; con una gran extensión de buena tierra, sus planicies tapizadas de la mejor vegetación y un sinnúmero de cabezas del mejor ganado rumiando entre los altos y tupidos pastizales. En aquel lugar agraciado por las manos de Dios al dotarlo de abundante agua, las jornadas empezaban cuando aún el sol no había salido, y terminaban solo cuando el sol ya se había puesto. No había circulación de dinero entre los trabajadores. Aunque todos ellos, incluido GGC, tenían salario en pago a sus largas jornadas laborales en el campo, este solo les alcanzaba para pagar lo que el patrón “humanitariamente” les había fiado con anterioridad en su tienda de raya. Esto es, el patrón veladamente les pagaba en especie. A veces fiándoles más de lo que podían pagar para tenerlos siempre dependientes de su “ayuda desinteresada”. De este modo transcurría la vida de GGC y su familia. Trabajando y siempre pagando deudas (nada distinto a los asalariados de hoy día por cierto). Algunas anécdotas de GGC revelan los métodos que su patrón utilizaba para hacerse más rico. Entre estas, las más significativas tienen que ver con la afición que tenía por las peleas de gallo. Cuenta GGC que su patrón daba a cada uno de sus peones (a los de mayor confianza supongo), entre ellos a él, un morral lleno de dinero que ellos se terciaban a la usanza de los chocos. Entonces les ordenaba que lo apostaran todo en contra de su gallo. Claro, su gallo siempre perdía y él responsablemente pagaba su apuesta. En cambio, sus peones regresaban a la hacienda, con aquel morral rebozado de dinero. En otra ocasión, relata, la apuesta ascendió a mil cabezas de ganado (¡con la particularidad de que todos los animales deberían ser blancos!), y la hizo nada menos que con el gobernador de San Luis Potosí (No sé si en esta anécdota el Sr. GGC exagere un poquito). Al gobernador le dolió perder (¡a quien no!) y se armó una escaramuza entre ambos bandos que se calmó solo hasta que el político aceptó el pago de la apuesta. La tranquilidad terminó para el Sr. GGC cuando las concupiscencias de su patrón tuvieron como blanco la humanidad de su bonita esposa. Con todo, toleró y toreó la situación lo mejor que pudo durante un largo tiempo más. La situación se le hizo insostenible a GGC cuando al patrón se le empezaron a acalambrar las neuronas con la testosterona que le producía a raudales ahora, la presencia de una de sus hijas. El patrón, sabedor de su poder y de la gratitud que él creía le debía aquel humilde peón, además de considerarlo de su propiedad junto con todo lo que había en su corral, le soltó de sopetón la siguiente petición, que por su puesto al Sr. GGC le pareció una orden –quiero a tu hija! GGC ya no esperó más. Consiente del peligro que se cernía sobre él y su familia después de su negativa a satisfacer aquellos bajos instintos de su patrón, abandonó aquella hacienda que tenía como único sustento, en donde antes que él, su papá había dejado su vida. Salió huyendo con sus pocas pertenencias hacia un destino incierto, desconocido, solo con sus manos como inversión.

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