Llegué a México a las 21:30 horas. Había en el aeropuerto el mismo ajetreo de siempre. Pasajeros yendo y viniendo con pasos apresurados arrastrando sus maletas de rueditas. Algunos bajando de prisa de los autos; otros subiéndose en ellos. Yo caminaba a la zona de taxis para abordar uno que me llevara al hotel. Me detuve un momento para buscar la fila del anden tres de donde siempre salen los taxis que normalmente uso. En esta tarea estaba cuando se me acercó un joven como de 25 años. Vestía camisa a cuadros de manga corta combinada con un pantalón de mezclilla deslavado. Su apariencia era la de un sujeto de clase media venido a menos. Cargaba en la espalda una mochila negra muy pequeña en la que apenas cabría una muda de ropa veraniega. Se me figuró que su indumentaria no encajaba en aquel entorno plagado de turistas, jóvenes esnob y ejecutivos de pasarela. Me abordó con timidez y me lanzó sin preámbulo previo el siguiente relato: "Acabo de ser deportado por la migra de Estados Unidos. Me dejaron en custodia con las autoridades de aquí desde ayer. Mi hermano y yo duramos detenidos 24 horas y apenas nos liberaron hace un par de horas. Nuestro capital lo compone tan sólo lo que llevamos encima. Nos deportaron junto con otros veinte Sudamericanos. No podemos salir y no sabemos que hacer o a quién acudir. Un policía federal nos aconsejó no salir del aeropuerto porque nuestra condición nos haría vulnerables afuera. También nos dijo que no podíamos permanecer mucho tiempo aquí porque nos íbamos a meter en problemas. Nos recomendó pedir ayuda por teléfono a algún conocido pero la verdad es que no conocemos a nadie. Mi nombre es Rodrigo, soy de Ocotlán Jalisco y juro por Dios que nunca nos hemos visto en un estado de desamparo como el de ahora. Llegamos a Estados Unidos hace dos meses. El primer mes mi hermano Alan y yo compramos un carro y se nos hizo fácil sobreponerle unas placas ¡Que gran estupidez! El segundo mes lo pasamos en prisión por esta mala idea. El mismo día que nos liberaron nos subieron al avión que nos trajo a botar aquí. Traíamos 20 dólares que sirvieron sólo para mitigar un poco el hambre. Estamos desesperados. Hemos solicitado ayuda a varias personas de aquí. No hemos conseguido nada. Solo malos tratos. Mientras escuchaba la desventura de Rodrigo advertí la presencia de una persona que nos miraba insistente. Estaba como a cinco metros de distancia y pude apreciar el sorprendente parecido que tenía con Rodrigo. Su cara denotaba preocupación. Rodrigo le hizo una señal tranquilizadora con la mano. Esbozó una sonrisa forzada y desapareció entre la gente. Es mi hermano -dijo diligente Rodrigo. Somos gemelos". De alguna forma que no alcancé a comprender, Rodrigo me vio como una isla pequeña perdida en un Océano enorme. Isla a la que se aferró con una alta dosis de fe, cansado de andar tanto tiempo a la deriva. Sus esfuerzos estaban concentrados en regresar a Ocotlán y volver junto a la inagotable fuente de tibieza que nos brinda el amor familiar.
Visitas de la última semana
miércoles, marzo 26, 2014
martes, marzo 18, 2014
Ida y vuelta a Balancán
Ayer estuvimos en Balancán Tabasco. Fuimos al sepelio de Doña Flor; señora muy querida por la familia Burelo. Fuimos Doña Maty, Maty Jr, Gladis y Yo. Hicimos dos horas y media desde Villahermosa hasta Balancán. Pasé cinco horas ante el volante de la minivan de Maty. Salimos de Villahermosa como a las 8:30 AM y llegamos a Balancán a las 11 AM. Durante la mayor parte del trayecto (ida y vuelta), nos acompañó una lluvia ligera bastante terca. Toda nuestra estancia en Balancán la pasamos resguardandonos de un aguacero de intensidad variable. A veces era una lluvia suave y fina, como los hilos de una telaraña; otras veces era una lluvia áspera y tosca, como los hilos de un costal de ixtle. Gladis fue la más previsora de todos; como siempre sucede. Su sensible barómetro interior le aconsejó llevar ese día, con todo y nuestras descaradas burlas, un abrigo de lana gruesa. A los ojos de los demás, nada en el cielo parecía anunciar lluvia. El aguacero nos tomó a todos por sorpresa. En esta ocasión solo Gladis sonreía. Tuvimos que hacerle frente vestidos sólo con unas raquíticas ropitas de verano muy delgadas. Eso si, aunque mojados y ateridos, nos alcanzo el ánimo para comprar mojarras para comer todo un mes; mojarras criadas en las tranquilas y arenosas aguas del río Usumacinta. Este río es muy traicionero -me comentó Quézia, nieta de Doña Flor, mientras contemplábamos pasar su lento y pesado caudal ocre desde el costado del malecón. Cada año cobra a Balancán un tributo en ahogamientos. La mayoría de los ahogados son estudiantes adolescentes con la sangre saturada de testosterona y deseosos de reafirmar su masculinidad ante sus iguales. Con este objetivo en mente se internan en sus aguas aparentemente tranquilas intentando cruzarlo a nado. Nada se puede hacer por ellos cuando a la mitad del río los sorprende un calambre en alguna de sus extremidades motoras. En estos casos la ayuda llega a ellos demasiado tarde; el río los engulle rápido y se los lleva lejos. Aquí mismo se celebra anualmente la pesca del robalo -continuó Quézia. En esta competencia, la parte del río en la que estamos ahora se llena de embarcaciones con sus tripulaciones dispuestas a sacar el robalo de mayor peso que les haga ganar la competencia. Las embarcaciones bajan al río para ser botadas al agua por aquella rampa que se ve allá. Luego toman posiciones en el río que cada tripulación selecciona con una dosis más de fe que de técnica pesquera. Mientras Quézia me contaba todo esto yo miraba un grupo de aves negras que nadaban perezosas por la superficie rizada del Usumacinta. Sobresalían del agua sólo sus cuellos y cabezas que en ocasiones desaparecían también. En las riberas y meandros del Usumacinta, que lo asemejan mucho a una serpiente gorda en continuo movimiento, se pueden ver pequeñas áreas de maíz y hortalizas que las personas laboriosas siembran entre una creciente y otra. Salimos de Balancán como a las 5 PM con la promesa de regresar a comer carnitas y chicharrones el fin de semana posterior a la Semana Santa.
domingo, marzo 02, 2014
Alex Jr 1
Ayer mis papás me llevaron a mi clase de estimulación temprana. Este es un lugar al que acuden muchos niños de mi edad a hacer un montón de cosas que a veces resultan divertidas. Esta vez hubo magia: hicieron aparecer en el aire unas esferas transparentes que parecían de cristal. Eran como pequeños espejos redondos que se mantenían sin ayuda de nadie suspendidos en el aire. Mientras estos globitos transparentes permanecían flotando a nuestro alrededor, cambiaban de color como los calamares: a veces eran verdes, a veces azules, otras veces rojos o amarillos. Cuando una de estas esferas traslúcidas se me acercaba mucho a la cara podía ver en su superficie curva unos monitos que se parecían mucho a mi mamá y a mi. Luego, cuando quería tomar una de estas bolas para verlas más de cerca ¡zas! ¡desaparecían! Se esfumaban como por arte de magia. Mi mamá y yo nos dimos a la tarea de hacerlas desaparecer con ahínco conforme iban apareciendo. Las había grandotas y pequeñitas; a mi me gustaban las grandotas porque eran más fáciles de agarrar y porque al desaparecer dejaban en mi mano una sensación fresca y chispeante como pringas de sal de uva en un vaso con agua. Cuando yo esté más aventajado en mis clases de estimulación temprana sabré muchas cosas más. No hay duda que así será. Sabré por ejemplo que a estas esferas se les conoce con el nombre de pompas de jabón. Claro, sabré también que la palabra pompa se utiliza para designar aquella parte del cuerpo que utilizamos para sentarnos; por eso, y para evitar malas interpretaciones, yo mejor les llamaré burbujas de jabón. También sabré que los colores con los que se visten las burbujas de jabón son los mismísimos colores que el arco iris utiliza para hacernos brotar los suspiros. Mis clases de estimulación temprana me animan a aprender cada vez más y mejor, y esto es lo que yo quiero. Como ya dije antes, soy una persona que tiene grandes aspiraciones. Así, cuando yo sea grande y tenga barba como mi papá, y me conozca la ciudad de cabo a rabo como mi mamá, podré conocer y disfrutar al máximo uno de los descubrimientos más grandes de la humanidad: la metáfora. Sólo entonces podré gozar de la herencia que nos han dejado tantos sabios que ya se fueron; herencia que este mundo, saturado de información, mucho desdeña. Quisiera (como mi abuelo Mario intenta), además de conocer el significado de las palabras, conocer algún día el significado de las ideas, ó memes, como los definió Richard Dawkins en su ensayo "el gen egoísta". Me gustaría mucho poder conocer las metáforas desde mi más temprana juventud como aquellas tejidas en los versos de "cantares" que escribió el gran poeta español Antonio Machado:
...yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón
N del T. Ustedes dirán que este Machado era un loquillo ¿Amaba los mundos sutiles? ¿cuántos mundos conocía el Sr Machado pues? ¿No andaría persiguiendo extraterrestres como Jaime Maussan? No, nada de eso. Los poetas se toman siempre holgadas libertades para construir sus propias metáforas. Aquí por ejemplo, si nos atenemos al refrán tan conocido que dice "cada cabeza es un mundo"; entonces, desde mi muy particular y humilde punto de vista, "los mundos" son "las personas". De aquí se desprende suponer que el poeta amaba realmente a poquísimas personas, puesto que en este recochino mundo, todos sabemos que es difícil encontrar personas que simultáneamente sean: sutiles, ingrávidas y gentiles...como pompas de jabón.
domingo, febrero 23, 2014
El presagio
Era una noche despejada, entre septiembre y octubre de 1965. La estación seca se adueñaba del ambiente y el frío otoñal deshojaba encinos y aporreaba mis cachetes. Tenía 6 años de edad, me faltaban escasos dos meses para cumplir 7. Estaba muy acostumbrado a ver el cielo nocturno de la Soledad, siempre cubierto de macizos de luces brillantes. Era un placer ver aquel cielo pacífico, imponente, inmóvil, luminoso, por el que, de vez en cuando, cruzaban estrellas fugaces dispuestas a cambiar de constelación. Me gustaba contemplar aquel cielo tumbado en la hierba o arrellanado entre manojos de tazole. Cuando por necesidad había que dormir en campo abierto, en la breve pausa de un viaje a caballo, contemplar el cielo era entregarse al descanso. Era como abandonarse en el amoroso regazo de una madre mientras nos cantaba salmos de sabiduría. Estaba lejos de sospechar que en pocas semanas no vería más aquel cielo. Esa noche en particular estaba de pie en el patio de la casa, dispuesto a mirar las estrellas apretujadas en el cielo. Pero esa noche el cielo lucía distinto. Había algo nuevo y desconcertante en él que me producía extrañeza, inquietud y temor; todo al mismo tiempo. Mis ojos jamás habían visto algo como aquello. Era como ver el ánima errante del Tata Lala envuelto en las llamas eternas del purgatorio. Yo me encontraba solo, parado entre un árbol de zapote y uno de colorines. Nos custodiaba una ancha cerca de piedra como de 1.5 metros de altura que rodeaba el patio de la casa. Yo miraba como hipnotizado aquella nueva y enorme mancha de luz plateada que flotaba inmóvil en el cielo. Colgaba en un lugar en el que días antes solo había luceros. Parecía como si un pintor, cansado de ver tanta uniformidad, hubiera dado un brochazo de pintura blanco titanio en el lienzo obscuro del cielo. Que espectáculo tan sobrecogedor, cuanta su inmensidad, cuanta nuestra pequeñez y nuestra soledad. Aquel evento astronómico se grabó tan fuertemente en mi memoria, que al recordarlo ahora, después de 50 años, siento en el cuerpo el mismo cosquilleo y excitación que sintió aquel niño de la Soledad llamado Mario, para quien aquel suceso fue un cumplido presagio. Muchos años después, viviendo ya en el cálido clima de Reforma Chiapas, casado y con tres hijos, y mientras hacía un recuento del pasado, quise saber más de aquel magnífico suceso que resultó ser un vértice en mi vida. La investigación me condujo al cometa Ikeya-Seki que fue considerado uno de los más brillantes de la historia porque se pudo ver en plena luz del día. La comunidad astronómica de aquel tiempo consideró su paso por la tierra como un suceso histórico único.
lunes, enero 27, 2014
Las batallas en el desierto
Ayer revisando el Twitter me enteré que murió el escritor mexicano José Emilio Pacheco. Recordé que hace un par de años leí su novela corta "las batallas en el desierto" En ella, un adulto llamado Carlos nos cuenta la niñez que vivió en México en 1948. Me encantó leer esta novela. Sin dudarlo empecé a leerla otra vez como humilde tributo a su creador. Esta novela, como tantas otras en la literatura, cuentan simultáneamente más de una historia. No fue la trama principal lo que me cautivó en esta novela. Más bien fue lo que poco a poco se desprende de esa trama principal: la moral y la ética de la clase media mexicana a mitad del siglo pasado. Ética y moral que también viví en Jalisco en 1966. Todo mexicano debería leer esta novela más de una vez. Con cada nueva lectura surgirá mágicamente una nueva historia que seguramente habíamos pasado por alto en la anterior. Leer un libro es como hacer gran turismo. Puedes recorrer las ruinas de Palenque en un par de horas, en un par de días o en un par de semanas. Las experiencias serán distintas. Lo mismo sucede cuando leemos un libro de literatura. Podemos leerlo en un par de horas o en un par de meses. Aquí la velocidad sí importa y ambas afectan el resultado. Una justificación muy socorrida para no leer es pensar que nuestro tiempo vale mucho como para desperdiciarlo en una posición supina con un libro entre las manos. Si no agrega un peso más a nuestra cuenta bancaria entonces no vale la pena. Este razonamiento no es correcto y suele ser la causa principal de muchos futuros dolores de cabeza.
domingo, enero 19, 2014
Por los caminos del sur
Ya estamos instalados en Mérida. Nubes blancas, cielo azul y aire limpio. El trayecto no me decepcionó. Desde Frontera Tabasco hasta más adelante de Champotón Campeche avanzamos con el mar turquesa a mano izquierda y una densa fronda verde a la derecha. Este tramo de autopista es una larga costanera separada del mar solo por una playa de arena blanca sembrada de palmeras chaparras y palapas rústicas con techo de palma de guano. Toda la costa es un vivero de aves: cormoranes, pelícanos y gaviotas. Algunas de ellas vuelan en círculos escudriñando el agua como a diez metros de la superficie concentradas en procurarse su porción diaria de alimento. Los pelícanos tan pronto localizan a su presa se lanzan en picada tras ella plegando sus alas fracciones de segundo antes de estrellarse contra el agua. Es una bonita coreografía realizada con mucha precisión y que solo se logra a través de centenares de repeticiones. Otras aves descansan en la cima de una larga hilera de estacas que los pescadores entierran en el mar como a 15 metros de la playa para asegurar sus lanchas después que terminan la jornada de pesca. Las gaviotas son oportunistas y muy aficionadas a robarle su comida a los demás. En Tabasco, a las personas que no llevan lonche al trabajo y gustan comer de la de otros, se les suele llamar gaviotas. El único tramo carretero que está en pésimas condiciones (baches de todo diámetro y profundidad) es el de Villahermosa a Ciudad del Carmen, que atraviesa parte de la Reserva de la Biosfera Pantanos de Centla, que es una área protegida. Este tramo de (mal llamado) carretera, se debe transitar con sumo cuidado si no se quiere terminar llantas arriba en medio del pantano, entre carrizales, tulares o popaleras. No me gustó ver en esta zona, a ambas márgenes de la carretera, a personas vendiendo hicoteas por racimos. Tengo entendido que la protección de la Reserva de la Biosfera incluye también a su fauna, pero aquí en Tabasco así son las cosas. La comida en Champotón no estuvo mal: caldo espeso de pargo y un coctel jumbo mixto con camarón, pulpo y caracol.
sábado, enero 18, 2014
A Mérida
Mañana nos vamos a Mérida. Doña Maty llegó hoy a la casa con su maleta bien dispuesta para el viaje. Kory y su familia nos invitaron para engrosar la comitiva, y como estoy de vacaciones aceptamos el convite. Mañana, después de medio día, estaremos devorando carreteras de Tabasco, Campeche y Yucatán. Los paisajes que se miran por allí son muy bonitos, y más cuando se recorren escuchando el prolongado cuchichear de las olas del Golfo cuando acarician la arena blanca de sus playas. Vale la pena hacer ese dilatado viaje de 8 horas tan sólo por su trayecto, colmado de encantos que mucho agradecen los sentidos, y con la expectativa de zamparnos algún platillo típico yucateco, que los tiene, y muy ricos.
viernes, enero 17, 2014
Una lectora nada común
Terminé la novela corta de Alan Bennett "una lectora nada común". En ella, el autor se aventura a predecir, con los recursos que la fantasía pone a su disposición, lo que sucedería si de pronto la reina de Inglaterra se convirtiera en una lectora asidua. La narración sigue de cerca los cambios que esta nueva afición producen en su vida y en su ánimo, así como en su entorno. Muestra de paso, el férreo protocolo al que se deben ceñir los monarcas en el cumplimiento de sus responsabilidades, además de enumerarlas y de explicarlas. En fin, es una novela de lectura fácil y rápida que recomiendo a los interesados (o a los no convencidos) en conocer el potencial transformador que la literatura pone a disposición de los seres humanos.
Nunca es tarde para empezar a interesarnos en la lectura. Yo mismo fui un opsímata* (no se asusten por la palabra, yo también la acabo de descubrir, me la presentó la reina en este libro; por consiguiente, no pierdan tiempo buscándola en el diccionario: no existe).
*Opsímata: Persona que aprende tarde en la vida.
Citas del libro:
...la clave de la felicidad es no creerse investido de ningún derecho.
...no puedo elevar mi corazón hasta mis labios (Shakespeare).
Leer no es actuar.
No pones la vida en los libros. La encuentras en ellos.
¡Los libros son maravillosos! Nos ablandan.
A los ochenta las cosas no suceden, se repiten.
Decir que se esta por encima de la literatura es como decir que se esta por encima de la humanidad.
martes, enero 14, 2014
La colonia las garzas
Gladis y yo fuimos a Reforma a visitar a su mamá. Antes pasamos a la casa de las garzas para que dish se llevara por fin sus aparatos a la fregada. Fue para Gladis un periplo desagradable convencer a los empleados de esta voraz compañía para que se llevaran sus equipos. Al exhorto tajante de Gladis de "llévense el equipo porque ya cancelé el servicio" recibía siempre chapuceras y evasivas réplicas, tales como ¿No está usted contenta con el servicio? ¡Llevamos e instalamos los equipos a donde usted nos indique! ¿Ya levantó su reporte? ¡Estamos en espera que México nos confirme! ¡En este momento no tenemos técnicos disponibles! Admiré la paciencia estoica con la que Gladis, por enésima vez, tomaba el teléfono y aguantaba por espacio de diez minutos los viles y poco éticos artilugios mercantiles de esa monstruosa y nefasta compañía. Eso sí, cuando contratamos el servicio, casi nos secuestran para que los lleváramos a casa al instante a instalar el equipo; no sea que nos fuéramos a arrepentir. A partir de esto, vinieron los dolores de cabeza para nosotros, sobretodo con los implacables y excesivos cobros moratorios cuando nos pasábamos una hora de la fecha límite de pago. Cuando menos lo esperábamos, ¡zas!, ya nos habían cortado la señal. Si me preguntan ustedes mi opinión respecto a dish les diré que es una compañía que brinda un servicio francamente depredador. Así, sin más. Un carnívoro que devora carne, huesos y pellejo.
Bueno, pero este no era el objetivo de mi entrada, sólo que me entraron de pronto unos deseos irrefrenables de despepitar contra esta clase de negocios. El objetivo principal era hablar del abandono que se ha instalado como dueña y señora en la casa de las garzas. El jardín, antes bien podado y acicalado, se ha convertido en un breñal denso que intimida, y en el que hoy se alojan hormigas, lagartijas, arañas, y toda clase de insectos rastreros y voladores. Mi gardenia, antes soberbia y mimada (feliz y modosita como la bella y delicada flor del principito) muestra ahora unas hojas marchitas de tristeza que se aferran desesperadas a unos palos negros de tanto moho. El interior de la casa rezuma esterilidad. Así han de oler las tumbas de los faraones del antiguo Egipto cuando se abren por primera vez. El comején, plaga más resistente que las cucarachas citadinas, ha invadido sin ninguna resistencia y reticencia el baño de las visitas. Esta casa, conquistada ahora por el ingrato y egoísta olvido, ahogada por el polvo fino del descuido, y aterida por la omnipresente humedad que en estas latitudes nunca falta, fue el escenario en el que representamos durante muchos años los hechos de nuestras vidas: Kory, Pedro, Ale, Gladis y Yo. Aquí compartieron sus vidas con nosotros nuestras entrañables mascotas: Niño (perro bóxer), Patón (perro basset hound), Paco (loro), las Gordas (cuyos) y Pachis (gato). Niño y Patón se quedaron cubiertos con la tierra negra de nuestro jardín, hermanados para siempre por ella, descansando en paz bajo la sombra de unos altos y robustos cocoteros. Muchos de mis estimables recuerdos tuvieron origen en el interior de estas vigorosas paredes. Estando aquí escucho con resuelta nitidez, los ecos de aquellas voces nuestras que aún revolotean y rebotan en cada una de las esquinas. Llegan a mi con la misma vitalidad y vehemencia con que se dijeron en aquellos remotos años.
domingo, enero 12, 2014
Alex y sus incursiones en la ciudad
Ha caído mucha agua del cielo últimamente. Yo creía que el agua solo salía de los grifos y de los garrafones. He visto que de ahí la coge mi mamá para llenar la palangana azul en la que luego me mete para quitarme la tierra que se me ha pegado en el cuerpo. No acabo de entender bien la razón de esta rutina puesto que no soy de los niños que anden por ahí retozando a cada rato sobre el lodo. Dios me libre de semejante batición. Cuando mi mamá sale de casa en el coche siempre me lleva con ella. Antes me ajuarea con mi camisa roja de lana a cuadros y me ajusta luego los tirantes de mi pantalón azul de perchera; me acicala y me retoca hasta lograr que todo esté en su lugar. Mi tío Pedro dice, con un dejo de risita, que me parezco al menonita que vende quesos en la honorable y muy famosa glorieta de la chichona. Vestido de esta forma, me monta en el asiento trasero del coche y me arrellana en el portabebé, me lía con mantas y cobertores y me cruza el pecho con cintas muy apretadas hasta que me deja amarrado como un tamal de chipilín o de caminito. La primera vez que hizo conmigo esta maniobra me asusté un poco porque pensé que luego me iba a meter a la vaporera, que es el paso siguiente que he visto hacer a mi abuelita Gladis cuando le da por cocinar tamales de masa colada. Después de esta rutina, que ejecuta meticulosamente mientras se muerde la lengua, nos echamos a andar por las calles de Villahermosa, que reverberan de agujeros escondidos en unos charcos muy orondos. Circular por ellas es como jugar el juego de minas: tienes que elegir el charco que no tiene hoyo para poder continuar. Este juego es muy difícil porque casi todos los charcos tienen hasta dos o más agujeros. Entre salto y salto avanzamos poco a poco. A veces el viento me trae desde el exterior voces apretadas de jaculatorias y aves marías. Entonces sé que alguien corrió con suerte y le tocó otro charco con premio. Esto de ir salte y salte a cada ratito a mí me parece muy divertido. Ahora entiendo a los sapos que gustan de andar entre el zacatal avanzando en pequeños saltos. Al menos esto es lo que he visto hacer a los que viven en el jahuactal que colinda con mi colonia y que a veces veo saltar jubilosos en nuestro jardín. A veces, mientras avanzamos por la calle, veo grupos de gente con mamelucos rojos o anaranjados alrededor de algún charco que cubre con buen ánimo y mucho disimulo su respectivo agujero. Ellos se entretienen haciendo que un camión cisterna, siempre sediento, se beba con un popote muy grueso que parece gusano, el agua del charco hasta que lo deja seco. Bueno sería que mi mamá me permitiera estar con ellos para que, con mi pala y mi cubeta les ayudara en ese divertido juego. De este modo las restregadas diarias que me da dentro de la palangana azul tuvieran su razón de ser. A mi mamá no le hace mucha gracia este juego de tahúres que nos obliga a avanzar entre tanto zangoloteo. Casi nunca le tocan los charcos sin hoyo. Le he oído soltar uno que otro juramento contra el Ayuntamiento que según dice, es el responsable de este juego del demonio. Yo me imagino al Ayuntamiento como una oficina grande en la que un montón de gente se pone a discutir presentaciones mientras beben un cafecito negro muy sabroso a pequeños sorbos. Después de muchas donas y cafés adentro de las tripas, terminan por ponerse de acurdo en las presentaciones de ese día, entonces, empiezan a repartir órdenes a los trabajadores para que lleven al siempre sediento camión cisterna a tomar agua a tal o cual charco que, según los últimos reportes de inteligencia, esconde algún hondo agujero. Seguiré informando.
sábado, enero 11, 2014
Diálogo en épocas de mi abuelo
Allá por el año de 1934, en el municipio de Huejuquilla el Alto Jalisco, epicentro de la guerra cristera.
...Luego ya la tertulia de convites.
- Comadritas todas, aquí guaices para taquear.
- Órale, mayor Tejeda: agarre gorditas de cuajada.
- Mire nomás, que anaranjadas me salieron, tal como deben ser.
- Que ronde esta calabacita en melaza.
- Yo solo traje tamales de requesón. Anden, agarren.
- Son de los meros meros. De los horneados en hojas de roble.
- Aquí jocoqui con salsita de piquín verde. No se hagan remolones.
- Gracias, Rosenda. Mejor me quiebro estos machitos.
- ¿Quien gusta aguamiel de la Guacamaya? Aguamiel, aguamieeeel.
- ¿No les cuadra la temachaca? Son tiernitos los cogollos de guaiz.
- Páseme pinole, para el atolito de los niños.
Diálogo de la novela "Rescoldo: los últimos Cristeros" de Antonio Estrada.
domingo, enero 05, 2014
Seis meses cumplidos
Soy Alex. Tengo seis meses cumplidos. Mi avance en el descubrimiento del nuevo mundo va viento en popa. Bien lejos de arrecifes y escolleras. He aprendido a reírme de las zalamerías que me confeccionan las personas, como las que me hacen mi tía Alejandra y mi abuelita Gladis. Las que me hace mi abuelito Mauro no tanto. Sus coreografías tienen el grácil movimiento de un hipopótamo con tutu y moño de tul. A las personas les gusta verme sonreír y que les haga aspavientos y gorgojeos. Me encanta mover mis pies y mis manos aunque una vez encarrilados ya no los pueda parar. Se detienen sólo si les da su muy regalada gana. He aprendido también a emitir sonidos con mi garganta aunque no siempre me salen cuando yo quiero. Por más que puje. He querido simular las fragorosas carcajadas de mi papá pero aún estoy muy lejos de conseguirlo. Todo lo que me sale es un remedo insípido de risa de Santa Claus con adenoides. Lo más sobresaliente que tengo para contar es que a mi mamá le ha dado por meterme a la boca cucharadas de distintos mazacotes. Algunos de esos brebajes me han parecido francamente incomibles y su sabor me ha repelido tan hondamente que mi aversión por ellos durará toda la vida. Estos dones del presagio y la premonición segurito se los debo a mi abuelita Gladis. Ahora estoy en pleno descubrimiento del mundo a través de mis recién descubiertos cinco sentidos. Estoy en la etapa en que llama poderosamente mi atención cualquier sonido. Mi interés por el conocimiento (como ya dije, soy una persona con grandes aspiraciones) toma el timón para buscar la fuente que los produce. Entonces sucede el milagro ¡la relación entre ellos (causa y efecto) quedará estampada en mi memoria para siempre! Serán algo así como el yin y el yang, o como el yunque y el martillo. Mi abuelito Mauro dice (ya saben como es él), que estos ítems emparentados, que permanecerán vinculados para siempre en mi memoria, serán posteriormente mis futuros paradigmas. Después de que este milagro de asociación se produce soy capaz de imaginarme a Rina parada sobre sus patas traseras, con su lengua de fuera y sus ojos como dos huevos duros solicitando mediante un estrepitoso guá-gua que le lancen su juguete favorito, todo esto sin siquiera voltear a ver la escena. En esto se me va el día. Guardando en los estantes de mi biblioteca (que espero algún día, si de relaciones se trata, sea tan grande y tan famosa como la de Alejandría) las asociaciones y las onomatopeyas que me facilitarán algún día el laborioso trabajo de comprender los entrecijos del mundo y resolver los acertijos que me impongan mis iguales. Jijijiji, tengo algo que confesar, jijijiji. Estoy en pleno conocimiento y aprendizaje (y práctica correspondiente) del sutil arte de conseguir lo que me place. Es bien fácil. Sólo es cuestión de desgañitarse y patalear como poseso. No hay corazón filial capaz de resistirse a este calibre de obuses por más de 30 segundos. Seguiré practicando hasta hacerme digno de un Óscar, o cuando menos de obtener una mención honorífica. Los mantendré informados.
Don Emilio
El jueves murió la esposa del hermano Emilio. Fue la noticia con la que me recibió Gladis el viernes cuando llegué del trabajo. Recordé de inmediato la cara alegre de Don Emilio de 20 años atrás, mientras trabajaba en la construcción de nuestra casa de Reforma, y las incontables aventuras que Pedro vivió a su lado teniéndolo como ayudante de albañil advenedizo. Recordé también la última vez que lo saludé. Fue el día en que velamos a mi suegro Don Lucio. 20 años transcurrieron sin vernos. Él y Pedro se reencontraron ese día. Ambos se dieron un gran abrazo y recordaron juntos las aventuras de trabajo que vivieron en aquel tiempo. La diferencia de estatura entre ellos me hablaron del largo tiempo transcurrido desde entonces. Mientras escribo esto, me llagó con luz vagabunda y con sabor a tiempo la imagen del niño Pedro cuando corría por la calle de Mariano Abasolo de Reforma Chiapas totalmente en pelotas. Tenía entonces como 3 años. Gladis pasaba vergüenzas, y su cara recorría todas las tonalidades del rojo, cuando lo veía corriendo sin ropa por la calle. Lo hacía con desparpajo, con la inocencia innata de los niños, gozando de cada cosa nueva que encontraba, y si era desarmable mucho que mejor. Su atuendo, en aquellas tropelías, lo componían apenas los zapatos y la melena rubia que el viento le alborotaba. Su rebosante curiosidad nos hizo pasar (a nosotros y a Don Emilio) no pocos sustos. Como aquella ocasión en que cogió la clavija que yo acababa de cortar a una extensión eléctrica (con un cabo de la propia extensión como de 2 centímetros conectado a ella). Unió los dos cables de la clavija y así la conectó a un contacto de la pared. El flamazo del corto circuito le quemó las pestañas, las cejas y la melena. Abrió también el interruptor principal de alimentación dejando la casa a obscuras y a Pedro en un grito continuo a todo pulmón. O aquella ocasión en la que, en pleno proceso de una de sus infatigables invenciones, se pringó los ojos con pegamento cola loca. Él mismo salvó su vista al echarse abundante agua en los ojos mientras su mamá llegaba para llevarlo a emergencias. O la ocasión en que metió la mano en una suajadora con hojas filosas (especie de molino) y luego él mismo le dio vuelta a la manija. Afortunadamente, soltó la manija en cuanto sintió el dolor del machucón, dejándole la aventura solo un hematoma en un dedo que le hizo perder la uña. Ahora, la tragedia que vive Don Emilio por la muerte de su esposa Doña Elvia, me hizo recordar esa etapa de nuestra vida en que nos unió el destino, mientras él construía nuestra casa de Reforma Chiapas. Casa en la que ahora vive sola mi suegra Doña Matilde. Lo que siempre he admirado de Pedro es su capacidad para aguantar callado las reprimendas que se ganó, justas o injustas, el estoicismo que tiene para aceptar las críticas, buenas o malas, y su aplomo y voluntad para aceptar sin aspavientos cualquier negativa a sus deseos. Hasta ahora, no se le pueden aplicar los epítetos de sedicioso y díscolo, y espero que nadie se los aplique nunca. Cuando sepa esta mala noticia de Don Emilio, seguro se pondrá triste.
viernes, enero 03, 2014
La velada
Pedro, Ale y Yo nos quedamos platicando hasta la 1:30 de la madrugada. Platicamos sobre todo de las ventajas que trae aparejada la actividad de la lectura. Siempre intenté iniciarlos en esta loable actividad aunque siempre obtuve pírricos resultados. Cada vez que Pedro se va a Guadalajara se marcha siempre muy motivado con la lectura. Pero siempre sucede que a la hora de poner el pie en suelo tapatío se olvida de su propósito. Esta vez no fue la excepción. Me solicitó que le recomendara algunos libros para leer. Le recomendé las novelas "tardes con Margaritte", "el curioso incidente del perro a media noche" y "la conjura de los necios". Esta última novela le interesó porque, a propósito de sus réplicas o comentarios, lo comparé (opino que injustamente) con el personaje principal de esa novela "Ignatius Reilly". Conversamos de la dificultad que el ser humano a tenido a lo largo de la historia para formarse una opinión propia de lo que sucede en su país y en el mundo. Coincidimos en que la mejor forma de atender este problema es leyendo las experiencias de vida que nos legaron la personas que nos antecedieron. Cada uno de ellos nos transfiere el conocimiento de los problemas que les tocó vivir y la forma en que sus contemporáneos los resolvieron. Toda novela, sin importar su clasificación, contiene información valiosa si se sabe como buscar.
martes, diciembre 31, 2013
Conversaciones triviales
Habíamos estado posponiendo la compra del pastel para el cumpleaños de Pedro desde el 27 de diciembre. Hoy fue el día elegido para comprarlo. No hubo una razón de peso. Finalmente su día de cumpleaños ya había pasado. Pudo haber sido cualquier otro día. Lo compramos de chocolate en "la casita azul" de plaza las Américas. No hubo velas en ese lugar y tuvimos que ir a comprarlas al chedrahui que está en la misma plaza. Entramos a la tienda, y como a diez pasos adelante:
Yo. Preguntemos por las velas a esa muchacha que estiba cajas de leche.
Gladis. Esa no sabe.
Yo. ¿Como haría para concluir que no sabe? -pensé.
Caminamos como diez minutos entre los pasillos de la tienda desparramando la mirada a derecha e izquierda buscando las velitas hasta que nos topamos con otro dependiente. A la pitonisa Gladis le sobrevino la revelación de que este sí sabía.
Yo. ¿Como llegaste a la conclusión de que este sí sabía?
Gladis. "Respuesta ininteligible".
Yo. Hea! Vamos al mismo lugar por el que entramos. Estoy seguro de que aquella joven bien pudo habernos dicho lo mismo que nos dijo éste con la diferencia de que nos hubiéramos ahorrado algunas docenas de pasos.
Gladis. Mutismo total.
Al volver al lugar por el que entramos, observé que la joven seguía estibando cajas de leche. Se me ocurrió comprobar mi hipótesis.
Yo. Disculpe señorita, ¿Puede usted indicarnos el lugar donde están las velitas para pastel?
Señorita. Ahí -apuntó con su dedo índice señalando un lugar diez pasos adelante.
Yo. ¿Ya ves que sí sabía?
Gladis. Pues fíjate que no estoy nada acongojada por saberlo.
Fin de conversación.
Es por mi conocido que a Gladis le retintinea el hígado costurar los botones que se desprenden de la ropa. Conversación en el carro:
Yo. ¡Mira! Se le está desprendiendo el botón a mi camisa ¿Te sabes las golondrinas?
Gladis. No.
Yo. Bueno, la tendré que cantar solo. Aaaa dóooondeeee iiiiiráaaas, veeeelóooz y faaaatigaaaaaaaada....
Mientras yo cantaba a todo pulmón mi postrero adiós al botón, Gladis, calmosamente, terminó de deshilarlo de la camisa. ¡Bravo!, surtió efecto mi pulla mezclada con chistorete -pensé. Ya libre el botón de su última atadura, la manita dulce y angelical que lo sostenía, lo lanzó con mucha enjundia por la ventanilla.
Gladis. Ya le habías cantado las golondrinas ¿qué no?
Yo. Si, estoy contento porque a este botón si logré despedirlo como dicta la ortodoxia.
Gladis. No te podrás quejar pues.
lunes, diciembre 30, 2013
De antro
Pedro y Alejandra se fueron de antro ayer como siempre sucede cuando Pedro nos visita. El antro seleccionado esta vez fue Dbar. Alejandra llegó echando pesticida matarratas contra ese tugurio de mala muerte. Según supe, la razón fue porque un tipo de alma simiesca y corazón de hiena, de esos contratados por los antros para deshacerse de los mala copa, ordinariamente conocidos como sacaborrachos, sacó a empellones a la calle a su amigo gay, sin causa aparente. Queda la duda si el can cerbero obedecía las reglas del propio Hades, que sería a todas luces ilegal, o si era como suele suceder, alguna atribución auto impuesta por algún gen recesivo de su antepasado Neanderthal. Vaya usted a saber. Lo imperdonable del caso es el repugnante tufo discriminatorio de esta acción en una ciudad donde la mayoría de sus habitantes tienen una herencia honrosamente indígena que respetaba la diversidad sexual. Dicen los entendidos freudianos que la homofobia aparece cuando al afectado le atormenta el miedo obsesivo a declararse gay, porque lo es en grado superlativo. Sabe. Conozco personalmente al amigo de Alejandra y lo que puedo decir del él es que es una persona excelente, extrovertida, inteligente, buen conversador, con sólidos principios éticos, y sobre todo, incapaz de ofender a nadie. También para Pedro resultó una noche de mal sueño. Perdió su celular. En esto, el perro de tres cabezas, custodio de Hades, no tuvo vela en el entierro. Todo lo que diré de este artefacto es que no era una bagatela. Apenas se recuperaba del golpe recibido por la descompostura de su Mac, que pereció víctima de ahogamiento en algún líquido extraño, cuando le sobrevino este otro porrazo etiquetado con la advertencia nomeolvides. Ni que decir cuando ni pío dijo él mismo. Bueno, esto último es un decir. Reconozco que sí le dije sus cositas. Aunque honestamente debo admitir que la atención que logré fue tan efectiva como la conseguida con un niño que juega candy crush. Su mente divagaba apurada tratando de dar con el lugar en el que se pudo haber escondido su USB. Si, para variar. No, pues así como. Ahora está muy quietecito; autoflagelándose con azotes de trabajo. Esta tan de pico caído que ni de comer se ha acordado. Esto, para quién lo conoce, describirá su estado de ánimo con santo y seña.
miércoles, diciembre 25, 2013
Navidad en la Soledad
Hoy estuve recordando las Navidades en la Soledad (municipio de Huejuquilla el Alto) Jalisco. Entonces tendría entre 4 y 5 años. Imagínate un lugar sin revistas, periódicos, radios, televisiones, electricidad, automóviles, bicicletas, calles, comercios, dinero, telégrafos, correo, libros, ni nada de lo que hoy tiene cualquier pueblo de quinientos habitantes. Un lugar apartado, con llanos tapizados de flores violetas y amarillas, barrancas y florestas. Con pequeñas parcelas sembrados de maíz. Con magueyes, nopales y huizaches. Con caballos, mulas, burros y aves de corral ¿Ya lo tienes? Entonces ya estás en la Soledad. Tener un chicle o un dulce en la boca era en aquel lugar una verdadera fortuna y una absoluta delicia. A esa edad había comido plátano una sola vez (apenas una porción pequeña) y su sabor y textura me habían dejado prácticamente noqueado y escuchando piar a los pajaritos alrededor de mi cabeza. Las noches de diciembre son frías en la Soledad. El aire y el agua muerden. Las pilas de agua reciben la tenue luz del alba a través de una tecata de hielo delgada formada bajo la influencia del vaho frío de las sombras. A las ocho de la noche todo es obscuridad y silencio. Sólo las llamas del ocote abren un portillo en la negrura a través del cual sólo se observan las siluetas y los contornos de los cuerpos de los familiares. El único ruido que se escucha en el ambiente de penumbras apretadas es el crepitar que la flama arranca al ocote mientras que este llora gotas de recina. La flama mortecina del ocote tiene la gallardía de producir más humo que luz. Esta gallardía atiborra las fosas nasales de hollín y hace lagrimear los ojos. La protesta airada de nariz y ojos contra la feliz flama danzarina del ocote es inmediata. Es mejor apagarla y marcharse a dormir temprano. El cielo es un enjambre apretado de luces rutilantes que da gusto ver. La víspera de la noche buena era yo un manojo de ansiedad. La expectativa del regalo que El Niño Dios me iba a dejar esa noche me impedían conciliar el sueño. Era menester dormirse temprano para que aquel tímido niño decidiera acercarse a depositar el encargo en mi cabecera. La palabra encargo es un decir. Yo nunca encargué nada. No era la costumbre. Después de muchos trabajos para convencer al sueño de que me llevara a dar un paseito por ahí, mi despertar era una explosión de ansiedad mezclada con alegría. Entonces abría los ojos, o sentía que los abría porque igual no veía nada. Era aún de madrugada. El alba todavía no asomaba su cara roja y regordeta en lontananza. Luego, tímidamente, dirigía mi mano derecha a la cabecera de mi catre deseando con el fervor de una plañidera que mis dedos tentaran algo sólido ¡Si, ahí estaba! Mis dedos trasmitían al cerebro, locos de alegría, la información sobre la textura, forma y tamaño de lo que tocaban ¡Galletas! ¡Dulces! ¡Qué alegría! No podía esperar un segundo más. Sin hacer ruido, para no entorpecer la retirada del Niño Dios, tomaba la primera golosina. Luego la llevaba lenta y ceremoniosamente a la boca que ya ansiosa esperaba abierta la entrada triunfal de aquella primera y dulce maravilla ¡Qué delicia! ¿Deseaba otra cosa? ¡No señor! No hubiera cambiado aquella magia superlativa por nada entonces conocido. Ahora, cinco décadas después, la nostalgia me trae el recuerdo de esas noches cargadas de ansiedad y alegría como sí hubieran sucedido ayer. Hoy tengo en mis oídos el repiqueteo del eco nítido de aquellos murmullos felices cuando tocaba anhelante aquel plato que contenía un puñado de galletas de animalitos y una porción (lo que puedían agarrar cuatro dedos de la mano) de una mezcla de dulces de cacahuate y de barrilito a granel.
domingo, diciembre 22, 2013
Texto creado a partir de 12 palabras aleatorias
Existen personas cuyos cuerpos vistos de canto se parecen más a una varita de otate que a un cristiano de hueso y chicha. Cuando están de pie a la intemperie, el aire las mece como a espigas secas en un trigal. Sus cuerpos son piritas que se distinguen en cualquier escenario por las chispas de oro que producen al entrar en contacto con las miradas metálicas de los observadores. Dios y la Virgen los tiene que cuidar de imprevistas ventolinas cuando no hay asideros seguros cerca. Cuando Dios y la Virgen están muy ocupados y la ventisca los toma desprevenidos, entonces la inhalación se suspende y las varas flacas terminan estallando en un montón de astillas que luego el viento dispersará a kilómetros de distancia. Una vez levantado el vuelo, el descenso posterior no será tan controlado como se acostumbra en los aeropuertos. Además, es bien sabido que las astillas no son aerodinámicas, ni tienen tren de aterrizaje, ni un piloto que las dirija. No habrá puentes ni escaleras en el cielo en donde puedan recuperar el aliento o descansar del vuelo que se les impuso a la fuerza. Tampoco habrá manera de taparse los ojos y las orejas con apenas dos manos flacas para salvarse del vértigo y del silbido del viento de las alturas. Lo deseable será posarse de nuevo en la superficie para después juntar y pegar las astillas que estarán dispersas en la distancia. En situaciones de verdadero peligro, la mente se sumerge en recuerdos baladíes como por ejemplo, en lo ceñido del traje que se mandó hacer con la modista, o la visita pendiente que se tiene con el dentista. Cualquier burbuja que la mente creé para defenderse de la amenaza, por chalada que esta sea, será en general bien recibida siempre que actúe en defensa y beneficio del infeliz desarraigado. En situaciones de riesgo no existen rejas para la mente. Podrá perder el control para gobernar el cuerpo, pero jamás perderá la habilidad de generar ideas o dejar de sumergirse en el océano interior de fantasías hasta encontrar una salida viable o morir en el intento.
domingo, diciembre 15, 2013
Gladis y la lluvia
Hoy amaneció y anocheció lloviendo. Fue un día de agua. Gladis estuvo todo el día inquieta. Los que la conocemos sabemos de su aversión a que se le moje la ropa mientras la trae puesta; aversión que casi raya en la fobia. Por otro lado está su necesidad diaria de ejercer su libertad y satisfacer su gusto jacalero. Y es que después de dos o tres horas continuas en la casa a ella le empieza a dar escozor. Va y viene por todos los rincones de la casa; hace y deshace aquí y allá buscando el ensalmo que alivie la alergia que le produce la casa. En esos momentos procuro no entorpecerle el camino ni sacarla de sus profundas cavilaciones si no quiero convertirme en diana de sus filosos dardos que algunas veces acostumbra embadurnar en curare. Esta vez, como no amainó el agua en todo el día no hubo más remedio que permanecer en casa. Entonces la limpió a consciencia. Restregó sus pisos con muchos bríos como queriéndoles sacar sangre. Mientras lo hacia parecía pensar "si tu me quieres fregar, antes yo te friego a ti". Ahora la casa luce impecable, ordenada; nada hay fuera de lugar. El arbolito de Navidad, que casi toca el techo, luce ahora soberbio con sus esferas moradas que multiplican por diez las luces de los foquitos. La humedad que dejo la lluvia desprendió el aroma a bosque que el pino guarda en sus agujas inundando la casa con su estupenda fragancia de fresca naturaleza.
domingo, diciembre 08, 2013
El maestro Fer
No se por qué motivo recordé hoy al maestro Fer. Este hombre de edad avanzada que arañaba, en mis tiempos de facultad (primer semestre) los 70 años, que tenía el cuerpo enjuto y espigado, y unos huesos sin acompañamiento de carne, era mi maestro de física. Su caminar lento y algo enroscado hablaban de su amor por la docencia y de su afán por hacer digerible la repelente sopa de fórmulas a su inapetente estudiantado. Era atento, bromista, y rebosaba jovialidad. Sus clases eran una auténtica delicia porque sabía convertir la pesada jerga pragmática de la mecánica de la física en auténticos relatos hilarantes llenos de fantasía. Por ejemplo, empezó el semestre diciendo "todos sabemos que la constante gravitatoria terrestre es de 9.81 metros sobre segundo al cuadrado ¿verdad? Siiiii, gritamos en coro todos. Bueno, pues a mi no me gusta el engorro de los decimales así que en esta clase vamos a suponer que la velocidad a la que cayo la manzana del manzano, y que le reboto a Sir Isaac Newton en la cabeza fue de diez metros sobre segundo al cuadrado ¿alguna objeción? Nooooo, contestamos todos en coro". Cerró el tema diciendo "mi experiencia escolar me ha enseñado que con esta suposición no causaremos la caída de ningún cohete o no erraremos un alunizaje, así que manos a la obra" Todos entusiasmados, tomamos el lápiz, abrimos el cuaderno de notas, orientamos la calculadora, y nos dispusimos a calcular el movimiento parabólico con el reciente valor descubierto de la gravedad. Fer era un entusiasta fan de la fotografía. Tenía muchas cámaras fotográficas de distinto modelo. Una vez, mientras mostraba un artefacto que parecía una pistola de rayos láser sacada de una película de ciencia ficción de los años 60 dijo "muchachos, este modelo de cámara fue llevado a la luna por un Apolo". Le gustaba congelar los momentos en imágenes, ya sea en color o en blanco y negro, que después compartía con aquellos alumnos que lo solicitaban. El registro histórico escolar que hoy conservo en fotografías se lo debo a él. Desafortunadamente en ninguna de ellas apareció mi maestro. Hoy, después de treinta y cinco años, no sé qué ráfaga de viento me trajo su recuerdo, pero lo que le alcancé a pepenar lo escribí aquí. Gracias maestro Fer.
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