Visitas de la última semana

lunes, enero 27, 2014

Las batallas en el desierto

Ayer revisando el Twitter me enteré que murió el escritor mexicano José Emilio Pacheco. Recordé que hace un par de años leí su novela corta "las batallas en el desierto" En ella, un adulto llamado Carlos nos cuenta la niñez que vivió en México en 1948. Me encantó leer esta novela. Sin dudarlo empecé a leerla otra vez como humilde tributo a su creador. Esta novela, como tantas otras en la literatura, cuentan simultáneamente más de una historia. No fue la trama principal lo que me cautivó en esta novela. Más bien fue lo que poco a poco se desprende de esa trama principal: la moral y la ética de la clase media mexicana a mitad del siglo pasado. Ética y moral que también viví en Jalisco en 1966. Todo mexicano debería leer esta novela más de una vez. Con cada nueva lectura surgirá mágicamente una nueva historia que seguramente habíamos pasado por alto en la anterior. Leer un libro es como hacer gran turismo. Puedes recorrer las ruinas de Palenque en un par de horas, en un par de días o en un par de semanas. Las experiencias serán distintas. Lo mismo sucede cuando leemos un libro de literatura. Podemos leerlo en un par de horas o en un par de meses. Aquí la velocidad sí importa y ambas afectan el resultado. Una justificación muy socorrida para no leer es pensar que nuestro tiempo vale mucho como para desperdiciarlo en una posición supina con un libro entre las manos. Si no agrega un peso más a nuestra cuenta bancaria entonces no vale la pena. Este razonamiento no es correcto y suele ser la causa principal de muchos futuros dolores de cabeza.

domingo, enero 19, 2014

Por los caminos del sur

Ya estamos instalados en Mérida. Nubes blancas, cielo azul y aire limpio. El trayecto no me decepcionó. Desde Frontera Tabasco hasta más adelante de Champotón Campeche avanzamos con el mar turquesa a mano izquierda y una densa fronda verde a la derecha. Este tramo de autopista es una larga costanera separada del mar solo por una playa de arena blanca sembrada de palmeras chaparras y palapas rústicas con techo de palma de guano. Toda la costa es un vivero de aves: cormoranes, pelícanos y gaviotas. Algunas de ellas vuelan en círculos escudriñando el agua como a diez metros de la superficie concentradas en procurarse su porción diaria de alimento. Los pelícanos tan pronto localizan a su presa se lanzan en picada tras ella plegando sus alas fracciones de segundo antes de estrellarse contra el agua. Es una bonita coreografía realizada con mucha precisión y que solo se logra a través de centenares de repeticiones. Otras aves descansan en la cima de una larga hilera de estacas que los pescadores entierran en el mar como a 15 metros de la playa para asegurar sus lanchas después que terminan la jornada de pesca. Las gaviotas son oportunistas y muy aficionadas a robarle su comida a los demás. En Tabasco, a las personas que no llevan lonche al trabajo y gustan comer de la de otros, se les suele llamar gaviotas. El único tramo carretero que está en pésimas condiciones (baches de todo diámetro y profundidad) es el de Villahermosa a Ciudad del Carmen, que atraviesa parte de la Reserva de la Biosfera Pantanos de Centla, que es una área protegida. Este tramo de (mal llamado) carretera, se debe transitar con sumo cuidado si no se quiere terminar llantas arriba en medio del pantano, entre carrizales, tulares o popaleras. No me gustó ver en esta zona, a ambas márgenes de la carretera, a personas vendiendo hicoteas por racimos. Tengo entendido que la protección de la Reserva de la Biosfera incluye también a su fauna, pero aquí en Tabasco así son las cosas. La comida en Champotón no estuvo mal: caldo espeso de pargo y un coctel jumbo mixto con camarón, pulpo y caracol.

sábado, enero 18, 2014

A Mérida

Mañana nos vamos a Mérida. Doña Maty llegó hoy a la casa con su maleta bien dispuesta para el viaje. Kory y su familia nos invitaron para engrosar la comitiva, y como estoy de vacaciones aceptamos el convite. Mañana, después de medio día, estaremos devorando carreteras de Tabasco, Campeche y Yucatán. Los paisajes que se miran por allí son muy bonitos, y más cuando se recorren escuchando el prolongado cuchichear de las olas del Golfo cuando acarician la arena blanca de sus playas. Vale la pena hacer ese dilatado viaje de 8 horas tan sólo por su trayecto, colmado de encantos que mucho agradecen los sentidos, y con la expectativa de zamparnos algún platillo típico yucateco, que los tiene, y muy ricos.

viernes, enero 17, 2014

Una lectora nada común

Terminé la novela corta de Alan Bennett "una lectora nada común". En ella, el autor se aventura a predecir, con los recursos que la fantasía pone a su disposición, lo que sucedería si de pronto la reina de Inglaterra se convirtiera en una lectora asidua. La narración sigue de cerca los cambios que esta nueva afición producen en su vida y en su ánimo, así como en su entorno. Muestra de paso, el férreo protocolo al que se deben ceñir los monarcas en el cumplimiento de sus responsabilidades, además de enumerarlas y de explicarlas. En fin, es una novela de lectura fácil y rápida que recomiendo a los interesados (o a los no convencidos) en conocer el potencial transformador que la literatura pone a disposición de los seres humanos.
Nunca es tarde para empezar a interesarnos en la lectura. Yo mismo fui un opsímata* (no se asusten por la palabra, yo también la acabo de descubrir, me la presentó la reina en este libro; por consiguiente, no pierdan tiempo buscándola en el diccionario: no existe).
*Opsímata: Persona que aprende tarde en la vida.

Citas del libro:
...la clave de la felicidad es no creerse investido de ningún derecho.
...no puedo elevar mi corazón hasta mis labios (Shakespeare).
Leer no es actuar.
No pones la vida en los libros. La encuentras en ellos.
¡Los libros son maravillosos! Nos ablandan.
A los ochenta las cosas no suceden, se repiten.
Decir que se esta por encima de la literatura es como decir que se esta por encima de la humanidad.

martes, enero 14, 2014

La colonia las garzas

Gladis y yo fuimos a Reforma a visitar a su mamá. Antes pasamos a la casa de las garzas para que dish se llevara por fin sus aparatos a la fregada. Fue para Gladis un periplo desagradable convencer a los empleados de esta voraz compañía para que se llevaran sus equipos. Al exhorto tajante de Gladis de "llévense el equipo porque ya cancelé el servicio" recibía siempre chapuceras y evasivas réplicas, tales como ¿No está usted contenta con el servicio? ¡Llevamos e instalamos los equipos a donde usted nos indique! ¿Ya levantó su reporte? ¡Estamos en espera que México nos confirme! ¡En este momento no tenemos técnicos disponibles! Admiré la paciencia estoica con la que Gladis, por enésima vez, tomaba el teléfono y aguantaba por espacio de diez minutos los viles y poco éticos artilugios mercantiles de esa monstruosa y nefasta compañía. Eso sí, cuando contratamos el servicio, casi nos secuestran para que los lleváramos a casa al instante a instalar el equipo; no sea que nos fuéramos a arrepentir. A partir de esto, vinieron los dolores de cabeza para nosotros, sobretodo con los implacables y excesivos cobros moratorios cuando nos pasábamos una hora de la fecha límite de pago. Cuando menos lo esperábamos, ¡zas!, ya nos habían cortado la señal. Si me preguntan ustedes mi opinión respecto a dish les diré que es una compañía que brinda un servicio francamente depredador. Así, sin más. Un carnívoro que devora carne, huesos y pellejo.
Bueno, pero este no era el objetivo de mi entrada, sólo que me entraron de pronto unos deseos irrefrenables de despepitar contra esta clase de negocios. El objetivo principal era hablar del abandono que se ha instalado como dueña y señora en la casa de las garzas. El jardín, antes bien podado y acicalado, se ha convertido en un breñal denso que intimida, y en el que hoy se alojan hormigas, lagartijas, arañas, y toda clase de insectos rastreros y voladores. Mi gardenia, antes soberbia y mimada (feliz y modosita como la bella y delicada flor del principito) muestra ahora unas hojas marchitas de tristeza que se aferran desesperadas a unos palos negros de tanto moho. El interior de la casa rezuma esterilidad. Así han de oler las tumbas de los faraones del antiguo Egipto cuando se abren por primera vez. El comején, plaga más resistente que las cucarachas citadinas, ha invadido sin ninguna resistencia y reticencia el baño de las visitas. Esta casa, conquistada ahora por el ingrato y egoísta olvido, ahogada por el polvo fino del descuido, y aterida por la omnipresente humedad que en estas latitudes nunca falta, fue el escenario en el que representamos durante muchos años los hechos de nuestras vidas: Kory, Pedro, Ale, Gladis y Yo. Aquí compartieron sus vidas con nosotros nuestras entrañables mascotas: Niño (perro bóxer), Patón (perro basset hound), Paco (loro), las Gordas (cuyos) y Pachis (gato). Niño y Patón se quedaron cubiertos con la tierra negra de nuestro jardín, hermanados para siempre por ella, descansando en paz bajo la sombra de unos altos y robustos cocoteros. Muchos de mis estimables recuerdos tuvieron origen en el interior de estas vigorosas paredes. Estando aquí escucho con resuelta nitidez, los ecos de aquellas voces nuestras que aún revolotean y rebotan en cada una de las esquinas. Llegan a mi con la misma vitalidad y vehemencia con que se dijeron en aquellos remotos años.

domingo, enero 12, 2014

Alex y sus incursiones en la ciudad

Ha caído mucha agua del cielo últimamente. Yo creía que el agua solo salía de los grifos y de los garrafones. He visto que de ahí la coge mi mamá para llenar la palangana azul en la que luego me mete para quitarme la tierra que se me ha pegado en el cuerpo. No acabo de entender bien la razón de esta rutina puesto que no soy de los niños que anden por ahí retozando a cada rato sobre el lodo. Dios me libre de semejante batición. Cuando mi mamá sale de casa en el coche siempre me lleva con ella. Antes me ajuarea con mi camisa roja de lana a cuadros y me ajusta luego los tirantes de mi pantalón azul de perchera; me acicala y me retoca hasta lograr que todo esté en su lugar. Mi tío Pedro dice, con un dejo de risita, que me parezco al menonita que vende quesos en la honorable y muy famosa glorieta de la chichona. Vestido de esta forma, me monta en el asiento trasero del coche y me arrellana en el portabebé, me lía con mantas y cobertores y me cruza el pecho con cintas muy apretadas hasta que me deja amarrado como un tamal de chipilín o de caminito. La primera vez que hizo conmigo esta maniobra me asusté un poco porque pensé que luego me iba a meter a la vaporera, que es el paso siguiente que he visto hacer a mi abuelita Gladis cuando le da por cocinar tamales de masa colada. Después de esta rutina, que ejecuta meticulosamente mientras se muerde la lengua, nos echamos a andar por las calles de Villahermosa, que reverberan de agujeros escondidos en unos charcos muy orondos. Circular por ellas es como jugar el juego de minas: tienes que elegir el charco que no tiene hoyo para poder continuar. Este juego es muy difícil porque casi todos los charcos tienen hasta dos o más agujeros. Entre salto y salto avanzamos poco a poco. A veces el viento me trae desde el exterior voces apretadas de jaculatorias y aves marías. Entonces sé que alguien corrió con suerte y le tocó otro charco con premio. Esto de ir salte y salte a cada ratito a mí me parece muy divertido. Ahora entiendo a los sapos que gustan de andar entre el zacatal avanzando en pequeños saltos. Al menos esto es lo que he visto hacer a los que viven en el jahuactal que colinda con mi colonia y que a veces veo saltar jubilosos en nuestro jardín. A veces, mientras avanzamos por la calle, veo grupos de gente con mamelucos rojos o anaranjados alrededor de algún charco que cubre con buen ánimo y mucho disimulo su respectivo agujero. Ellos se entretienen haciendo que un camión cisterna, siempre sediento, se beba con un popote muy grueso que parece gusano, el agua del charco hasta que lo deja seco. Bueno sería que mi mamá me permitiera estar con ellos para que, con mi pala y mi cubeta les ayudara en ese divertido juego. De este modo las restregadas diarias que me da dentro de la palangana azul tuvieran su razón de ser. A mi mamá no le hace mucha gracia este juego de tahúres que nos obliga a avanzar entre tanto zangoloteo. Casi nunca le tocan los charcos sin hoyo. Le he oído soltar uno que otro juramento contra el Ayuntamiento que según dice, es el responsable de este juego del demonio. Yo me imagino al Ayuntamiento como una oficina grande en la que un montón de gente se pone a discutir presentaciones mientras beben un cafecito negro muy sabroso a pequeños sorbos. Después de muchas donas y cafés adentro de las tripas, terminan por ponerse de acurdo en las presentaciones de ese día, entonces, empiezan a repartir órdenes a los trabajadores para que lleven al siempre sediento camión cisterna a tomar agua a tal o cual charco que, según los últimos reportes de inteligencia, esconde algún hondo agujero. Seguiré informando.

sábado, enero 11, 2014

Diálogo en épocas de mi abuelo

Allá por el año de 1934, en el municipio de Huejuquilla el Alto Jalisco, epicentro de la guerra cristera.

...Luego ya la tertulia de convites.
- Comadritas todas, aquí guaices para taquear.
- Órale, mayor Tejeda: agarre gorditas de cuajada.
- Mire nomás, que anaranjadas me salieron, tal como deben ser.
- Que ronde esta calabacita en melaza.
- Yo solo traje tamales de requesón. Anden, agarren.
- Son de los meros meros. De los horneados en hojas de roble.
- Aquí jocoqui con salsita de piquín verde. No se hagan remolones.
- Gracias, Rosenda. Mejor me quiebro estos machitos.
- ¿Quien gusta aguamiel de la Guacamaya? Aguamiel, aguamieeeel.
- ¿No les cuadra la temachaca? Son tiernitos los cogollos de guaiz.
- Páseme pinole, para el atolito de los niños.

Diálogo de la novela "Rescoldo: los últimos Cristeros" de Antonio Estrada.

domingo, enero 05, 2014

Seis meses cumplidos

Soy Alex. Tengo seis meses cumplidos. Mi avance en el descubrimiento del nuevo mundo va viento en popa. Bien lejos de arrecifes y escolleras. He aprendido a reírme de las zalamerías que me confeccionan las personas, como las que me hacen mi tía Alejandra y mi abuelita Gladis. Las que me hace mi abuelito Mauro no tanto. Sus coreografías tienen el grácil movimiento de un hipopótamo con tutu y moño de tul. A las personas les gusta verme sonreír y que les haga aspavientos y gorgojeos. Me encanta mover mis pies y mis manos aunque una vez encarrilados ya no los pueda parar. Se detienen sólo si les da su muy regalada gana. He aprendido también a emitir sonidos con mi garganta aunque no siempre me salen cuando yo quiero. Por más que puje. He querido simular las fragorosas carcajadas de mi papá pero aún estoy muy lejos de conseguirlo. Todo lo que me sale es un remedo insípido de risa de Santa Claus con adenoides. Lo más sobresaliente que tengo para contar es que a mi mamá le ha dado por meterme a la boca cucharadas de distintos mazacotes. Algunos de esos brebajes me han parecido francamente incomibles y su sabor me ha repelido tan hondamente que mi aversión por ellos durará toda la vida. Estos dones del presagio y la premonición segurito se los debo a mi abuelita Gladis. Ahora estoy en pleno descubrimiento del mundo a través de mis recién descubiertos cinco sentidos. Estoy en la etapa en que llama poderosamente mi atención cualquier sonido. Mi interés por el conocimiento (como ya dije, soy una persona con grandes aspiraciones) toma el timón para buscar la fuente que los produce. Entonces sucede el milagro ¡la relación entre ellos (causa y efecto) quedará estampada en mi memoria para siempre! Serán algo así como el yin y el yang, o como el yunque y el martillo. Mi abuelito Mauro dice (ya saben como es él), que estos ítems emparentados, que permanecerán vinculados para siempre en mi memoria, serán posteriormente mis futuros paradigmas. Después de que este milagro de asociación se produce soy capaz de imaginarme a Rina parada sobre sus patas traseras, con su lengua de fuera y sus ojos como dos huevos duros solicitando mediante un estrepitoso guá-gua que le lancen su juguete favorito, todo esto sin siquiera voltear a ver la escena. En esto se me va el día. Guardando en los estantes de mi biblioteca (que espero algún día, si de relaciones se trata, sea tan grande y tan famosa como la de Alejandría) las asociaciones y las onomatopeyas que me facilitarán algún día el laborioso trabajo de comprender los entrecijos del mundo y resolver los acertijos que me impongan mis iguales. Jijijiji, tengo algo que confesar, jijijiji. Estoy en pleno conocimiento y aprendizaje (y práctica correspondiente) del sutil arte de conseguir lo que me place. Es bien fácil. Sólo es cuestión de desgañitarse y patalear como poseso. No hay corazón filial capaz de resistirse a este calibre de obuses por más de 30 segundos. Seguiré practicando hasta hacerme digno de un Óscar, o cuando menos de obtener una mención honorífica. Los mantendré informados.

Don Emilio

El jueves murió la esposa del hermano Emilio. Fue la noticia con la que me recibió Gladis el viernes cuando llegué del trabajo. Recordé de inmediato la cara alegre de Don Emilio de 20 años atrás, mientras trabajaba en la construcción de nuestra casa de Reforma, y las incontables aventuras que Pedro vivió a su lado teniéndolo como ayudante de albañil advenedizo. Recordé también la última vez que lo saludé. Fue el día en que velamos a mi suegro Don Lucio. 20 años transcurrieron sin vernos. Él y Pedro se reencontraron ese día. Ambos se dieron un gran abrazo y recordaron juntos las aventuras de trabajo que vivieron en aquel tiempo. La diferencia de estatura entre ellos me hablaron del largo tiempo transcurrido desde entonces. Mientras escribo esto, me llagó con luz vagabunda y con sabor a tiempo la imagen del niño Pedro cuando corría por la calle de Mariano Abasolo de Reforma Chiapas totalmente en pelotas. Tenía entonces como 3 años. Gladis pasaba vergüenzas, y su cara recorría todas las tonalidades del rojo, cuando lo veía corriendo sin ropa por la calle. Lo hacía con desparpajo, con la inocencia innata de los niños, gozando de cada cosa nueva que encontraba, y si era desarmable mucho que mejor. Su atuendo, en aquellas tropelías, lo componían apenas los zapatos y la melena rubia que el viento le alborotaba. Su rebosante curiosidad nos hizo pasar (a nosotros y a Don Emilio) no pocos sustos. Como aquella ocasión en que cogió la clavija que yo acababa de cortar a una extensión eléctrica (con un cabo de la propia extensión como de 2 centímetros conectado a ella). Unió los dos cables de la clavija y así la conectó a un contacto de la pared. El flamazo del corto circuito le quemó las pestañas, las cejas y la melena. Abrió también el interruptor principal de alimentación dejando la casa a obscuras y a Pedro en un grito continuo a todo pulmón. O aquella ocasión en la que, en pleno proceso de una de sus infatigables invenciones, se pringó los ojos con pegamento cola loca. Él mismo salvó su vista al echarse abundante agua en los ojos mientras su mamá llegaba para llevarlo a emergencias. O la ocasión en que metió la mano en una suajadora con hojas filosas (especie de molino) y luego él mismo le dio vuelta a la manija. Afortunadamente, soltó la manija en cuanto sintió el dolor del machucón, dejándole la aventura solo un hematoma en un dedo que le hizo perder la uña. Ahora, la tragedia que vive Don Emilio por la muerte de su esposa Doña Elvia, me hizo recordar esa etapa de nuestra vida en que nos unió el destino, mientras él construía nuestra casa de Reforma Chiapas. Casa en la que ahora vive sola mi suegra Doña Matilde. Lo que siempre he admirado de Pedro es su capacidad para aguantar callado las reprimendas que se ganó, justas o injustas, el estoicismo que tiene para aceptar las críticas, buenas o malas, y su aplomo y voluntad para aceptar sin aspavientos cualquier negativa a sus deseos. Hasta ahora, no se le pueden aplicar los epítetos de sedicioso y díscolo, y espero que nadie se los aplique nunca. Cuando sepa esta mala noticia de Don Emilio, seguro se pondrá triste.

viernes, enero 03, 2014

La velada

Pedro, Ale y Yo nos quedamos platicando hasta la 1:30 de la madrugada. Platicamos sobre todo de las ventajas que trae aparejada la actividad de la lectura. Siempre intenté iniciarlos en esta loable actividad aunque siempre obtuve pírricos resultados. Cada vez que Pedro se va a Guadalajara se marcha siempre muy motivado con la lectura. Pero siempre sucede que a la hora de poner el pie en suelo tapatío se olvida de su propósito. Esta vez no fue la excepción. Me solicitó que le recomendara algunos libros para leer. Le recomendé las novelas "tardes con Margaritte", "el curioso incidente del perro a media noche" y "la conjura de los necios". Esta última novela le interesó porque, a propósito de sus réplicas o comentarios, lo comparé (opino que injustamente) con el personaje principal de esa novela "Ignatius Reilly". Conversamos de la dificultad que el ser humano a tenido a lo largo de la historia para formarse una opinión propia de lo que sucede en su país y en el mundo. Coincidimos en que la mejor forma de atender este problema es leyendo las experiencias de vida que nos legaron la personas que nos antecedieron. Cada uno de ellos nos transfiere el conocimiento de los problemas que les tocó vivir y la forma en que sus contemporáneos los resolvieron. Toda novela, sin importar su clasificación, contiene información valiosa si se sabe como buscar.

martes, diciembre 31, 2013

Conversaciones triviales

Habíamos estado posponiendo la compra del pastel para el cumpleaños de Pedro desde el 27 de diciembre. Hoy fue el día elegido para comprarlo. No hubo una razón de peso. Finalmente su día de cumpleaños ya había pasado. Pudo haber sido cualquier otro día. Lo compramos de chocolate en "la casita azul" de plaza las Américas. No hubo velas en ese lugar y tuvimos que ir a comprarlas al chedrahui que está en la misma plaza. Entramos a la tienda, y como a diez pasos adelante:

Yo. Preguntemos por las velas a esa muchacha que estiba cajas de leche.
Gladis. Esa no sabe.
Yo. ¿Como haría para concluir que no sabe? -pensé.

Caminamos como diez minutos entre los pasillos de la tienda desparramando la mirada a derecha e izquierda buscando las velitas hasta que nos topamos con otro dependiente. A la pitonisa Gladis le sobrevino la revelación de que este sí sabía.

Yo. ¿Como llegaste a la conclusión de que este sí sabía?
Gladis. "Respuesta ininteligible".
Yo. Hea! Vamos al mismo lugar por el que entramos. Estoy seguro de que aquella joven bien pudo habernos dicho lo mismo que nos dijo éste con la diferencia de que nos hubiéramos ahorrado algunas docenas de pasos.
Gladis. Mutismo total.

Al volver al lugar por el que entramos, observé que la joven seguía estibando cajas de leche. Se me ocurrió comprobar mi hipótesis.

Yo. Disculpe señorita, ¿Puede usted indicarnos el lugar donde están las velitas para pastel?
Señorita. Ahí -apuntó con su dedo índice señalando un lugar diez pasos adelante.
Yo. ¿Ya ves que sí sabía?
Gladis. Pues fíjate que no estoy nada acongojada por saberlo.
Fin de conversación.

Es por mi conocido que a Gladis le retintinea el hígado costurar los botones que se desprenden de la ropa. Conversación en el carro:

Yo. ¡Mira! Se le está desprendiendo el botón a mi camisa ¿Te sabes las golondrinas?
Gladis. No.
Yo. Bueno, la tendré que cantar solo. Aaaa dóooondeeee iiiiiráaaas, veeeelóooz y faaaatigaaaaaaaada....

Mientras yo cantaba a todo pulmón mi postrero adiós al botón, Gladis, calmosamente, terminó de deshilarlo de la camisa. ¡Bravo!, surtió efecto mi pulla mezclada con chistorete -pensé. Ya libre el botón de su última atadura, la manita dulce y angelical que lo sostenía, lo lanzó con mucha enjundia por la ventanilla.

Gladis. Ya le habías cantado las golondrinas ¿qué no?
Yo. Si, estoy contento porque a este botón si logré despedirlo como dicta la ortodoxia.
Gladis. No te podrás quejar pues.

lunes, diciembre 30, 2013

De antro

Pedro y Alejandra se fueron de antro ayer como siempre sucede cuando Pedro nos visita. El antro seleccionado esta vez fue Dbar. Alejandra llegó echando pesticida matarratas contra ese tugurio de mala muerte. Según supe, la razón fue porque un tipo de alma simiesca y corazón de hiena, de esos contratados por los antros para deshacerse de los mala copa, ordinariamente conocidos como sacaborrachos, sacó a empellones a la calle a su amigo gay, sin causa aparente. Queda la duda si el can cerbero obedecía las reglas del propio Hades, que sería a todas luces ilegal, o si era como suele suceder, alguna atribución auto impuesta por algún gen recesivo de su antepasado Neanderthal. Vaya usted a saber. Lo imperdonable del caso es el repugnante tufo discriminatorio de esta acción en una ciudad donde la mayoría de sus habitantes tienen una herencia honrosamente indígena que respetaba la diversidad sexual. Dicen los entendidos freudianos que la homofobia aparece cuando al afectado le atormenta el miedo obsesivo a declararse gay, porque lo es en grado superlativo. Sabe. Conozco personalmente al amigo de Alejandra y lo que puedo decir del él es que es una persona excelente, extrovertida, inteligente, buen conversador, con sólidos principios éticos, y sobre todo, incapaz de ofender a nadie. También para Pedro resultó una noche de mal sueño. Perdió su celular. En esto, el perro de tres cabezas, custodio de Hades, no tuvo vela en el entierro. Todo lo que diré de este artefacto es que no era una bagatela. Apenas se recuperaba del golpe recibido por la descompostura de su Mac, que pereció víctima de ahogamiento en algún líquido extraño, cuando le sobrevino este otro porrazo etiquetado con la advertencia nomeolvides. Ni que decir cuando ni pío dijo él mismo. Bueno, esto último es un decir. Reconozco que sí le dije sus cositas. Aunque honestamente debo admitir que la atención que logré fue tan efectiva como la conseguida con un niño que juega candy crush. Su mente divagaba apurada tratando de dar con el lugar en el que se pudo haber escondido su USB. Si, para variar. No, pues así como. Ahora está muy quietecito; autoflagelándose con azotes de trabajo. Esta tan de pico caído que ni de comer se ha acordado. Esto, para quién lo conoce, describirá su estado de ánimo con santo y seña.

miércoles, diciembre 25, 2013

Navidad en la Soledad

Hoy estuve recordando las Navidades en la Soledad (municipio de Huejuquilla el Alto) Jalisco. Entonces tendría entre 4 y 5 años. Imagínate un lugar sin revistas, periódicos, radios, televisiones, electricidad, automóviles, bicicletas, calles, comercios, dinero, telégrafos, correo, libros, ni nada de lo que hoy tiene cualquier pueblo de quinientos habitantes. Un lugar apartado, con llanos tapizados de flores violetas y amarillas, barrancas y florestas. Con pequeñas parcelas sembrados de maíz. Con magueyes, nopales y huizaches. Con caballos, mulas, burros y aves de corral ¿Ya lo tienes? Entonces ya estás en la Soledad. Tener un chicle o un dulce en la boca era en aquel lugar una verdadera fortuna y una absoluta delicia. A esa edad había comido plátano una sola vez (apenas una porción pequeña) y su sabor y textura me habían dejado prácticamente noqueado y escuchando piar a los pajaritos alrededor de mi cabeza. Las noches de diciembre son frías en la Soledad. El aire y el agua muerden. Las pilas de agua reciben la tenue luz del alba a través de una tecata de hielo delgada formada bajo la influencia del vaho frío de las sombras. A las ocho de la noche todo es obscuridad y silencio. Sólo las llamas del ocote abren un portillo en la negrura a través del cual sólo se observan las siluetas y los contornos de los cuerpos de los familiares. El único ruido que se escucha en el ambiente de penumbras apretadas es el crepitar que la flama arranca al ocote mientras que este llora gotas de recina. La flama mortecina del ocote tiene la gallardía de producir más humo que luz. Esta gallardía atiborra las fosas nasales de hollín y hace lagrimear los ojos. La protesta airada de nariz y ojos contra la feliz flama danzarina del ocote es inmediata. Es mejor apagarla y marcharse a dormir temprano. El cielo es un enjambre apretado de luces rutilantes que da gusto ver. La víspera de la noche buena era yo un manojo de ansiedad. La expectativa del regalo que El Niño Dios me iba a dejar esa noche me impedían conciliar el sueño. Era menester dormirse temprano para que aquel tímido niño decidiera acercarse a depositar el encargo en mi cabecera. La palabra encargo es un decir. Yo nunca encargué nada. No era la costumbre.  Después de muchos trabajos para convencer al sueño de que me llevara a dar un paseito por ahí, mi despertar era una explosión de ansiedad mezclada con alegría. Entonces abría los ojos, o sentía que los abría porque igual no veía nada. Era aún de madrugada. El alba todavía no asomaba su cara roja y regordeta en lontananza. Luego, tímidamente, dirigía mi mano derecha a la cabecera de mi catre deseando con el fervor de una plañidera que mis dedos tentaran algo sólido ¡Si, ahí estaba! Mis dedos trasmitían al cerebro, locos de alegría, la información sobre la textura, forma y tamaño de lo que tocaban ¡Galletas! ¡Dulces! ¡Qué alegría! No podía esperar un segundo más. Sin hacer ruido, para no entorpecer la retirada del Niño Dios, tomaba la primera golosina. Luego la llevaba lenta y ceremoniosamente a la boca que ya ansiosa esperaba abierta la entrada triunfal de aquella primera y dulce maravilla ¡Qué delicia! ¿Deseaba otra cosa? ¡No señor! No hubiera cambiado aquella magia superlativa por nada entonces conocido. Ahora, cinco décadas después, la nostalgia me trae el recuerdo de esas noches cargadas de ansiedad y alegría como sí hubieran sucedido ayer. Hoy tengo en mis oídos el repiqueteo del eco nítido de aquellos murmullos felices cuando tocaba anhelante aquel plato que contenía un puñado de galletas de animalitos y una porción (lo que puedían agarrar cuatro dedos de la mano) de una mezcla de dulces de cacahuate y de barrilito a granel.

domingo, diciembre 22, 2013

Texto creado a partir de 12 palabras aleatorias

Existen personas cuyos cuerpos vistos de canto se parecen más a una varita de otate que a un cristiano de hueso y chicha. Cuando están de pie a la intemperie, el aire las mece como a espigas secas en un trigal. Sus cuerpos son piritas que se distinguen en cualquier escenario por las chispas de oro que producen al entrar en contacto con las miradas metálicas de los observadores. Dios y la Virgen los tiene que cuidar de imprevistas ventolinas cuando no hay asideros seguros cerca. Cuando Dios y la Virgen están muy ocupados y la ventisca los toma desprevenidos, entonces la inhalación se suspende y las varas flacas terminan estallando en un montón de astillas que luego el viento dispersará a kilómetros de distancia. Una vez levantado el vuelo, el descenso posterior no será tan controlado como se acostumbra en los aeropuertos. Además, es bien sabido que las astillas no son aerodinámicas, ni tienen tren de aterrizaje, ni un piloto que las dirija. No habrá puentes ni escaleras en el cielo en donde puedan recuperar el aliento o descansar del vuelo que se les impuso a la fuerza. Tampoco habrá manera de taparse los ojos y las orejas con apenas dos manos flacas para salvarse del vértigo y del silbido del viento de las alturas. Lo deseable será posarse de nuevo en la superficie para después juntar y pegar las astillas que estarán dispersas en la distancia. En situaciones de verdadero peligro, la mente se sumerge en recuerdos baladíes como por ejemplo, en lo ceñido del traje que se mandó hacer con la modista, o la visita pendiente que se tiene con el dentista. Cualquier burbuja que la mente creé para defenderse de la amenaza, por chalada que esta sea, será en general bien recibida siempre que actúe en defensa y beneficio del infeliz desarraigado. En situaciones de riesgo no existen rejas para la mente. Podrá perder el control para gobernar el cuerpo, pero jamás perderá la habilidad de generar ideas o dejar de sumergirse en el océano interior de fantasías hasta encontrar una salida viable o morir en el intento.

domingo, diciembre 15, 2013

Gladis y la lluvia

Hoy amaneció y anocheció lloviendo. Fue un día de agua. Gladis estuvo todo el día inquieta. Los que la conocemos sabemos de su aversión a que se le moje la ropa mientras la trae puesta; aversión que casi raya en la fobia. Por otro lado está su necesidad diaria de ejercer su libertad y satisfacer su gusto jacalero. Y es que después de dos o tres horas continuas en la casa a ella le empieza a dar escozor. Va y viene por todos los rincones de la casa; hace y deshace aquí y allá buscando el ensalmo que alivie la alergia que le produce la casa. En esos momentos procuro no entorpecerle el camino ni sacarla de sus profundas cavilaciones si no quiero convertirme en diana de sus filosos dardos que algunas veces acostumbra embadurnar en curare. Esta vez, como no amainó el agua en todo el día no hubo más remedio que permanecer en casa. Entonces la limpió a consciencia. Restregó sus pisos con muchos bríos como queriéndoles sacar sangre. Mientras lo hacia parecía pensar "si tu me quieres fregar, antes yo te friego a ti". Ahora la casa luce impecable, ordenada; nada hay fuera de lugar. El arbolito de Navidad, que casi toca el techo, luce ahora soberbio con sus esferas moradas que multiplican por diez las luces de los foquitos. La humedad que dejo la lluvia desprendió el aroma a bosque que el pino guarda en sus agujas inundando la casa con su estupenda fragancia de fresca naturaleza.

domingo, diciembre 08, 2013

El maestro Fer

No se por qué motivo recordé hoy al maestro Fer. Este hombre de edad avanzada que arañaba, en mis tiempos de facultad (primer semestre) los 70 años, que tenía el cuerpo enjuto y espigado, y unos huesos sin acompañamiento de carne, era mi maestro de física. Su caminar lento y algo enroscado hablaban de su amor por la docencia y de su afán por hacer digerible la repelente sopa de fórmulas a su inapetente estudiantado. Era atento, bromista, y rebosaba jovialidad. Sus clases eran una auténtica delicia porque sabía convertir la pesada jerga pragmática de la mecánica de la física en auténticos relatos hilarantes llenos de fantasía. Por ejemplo, empezó el semestre diciendo "todos sabemos que la constante gravitatoria terrestre es de 9.81 metros sobre segundo al cuadrado ¿verdad? Siiiii, gritamos en coro todos. Bueno, pues a mi no me gusta el engorro de los decimales así que en esta clase vamos a suponer que la velocidad a la que cayo la manzana del manzano, y que le reboto a Sir Isaac Newton en la cabeza fue de diez metros sobre segundo al cuadrado ¿alguna objeción? Nooooo, contestamos todos en coro". Cerró el tema diciendo "mi experiencia escolar me ha enseñado que con esta suposición no causaremos la caída de ningún cohete o no erraremos un alunizaje, así que manos a la obra" Todos entusiasmados, tomamos el lápiz, abrimos el cuaderno de notas, orientamos la calculadora, y nos dispusimos a calcular el movimiento parabólico con el reciente valor descubierto de la gravedad. Fer era un entusiasta fan de la fotografía. Tenía muchas cámaras fotográficas de distinto modelo. Una vez, mientras mostraba un artefacto que parecía una pistola de rayos láser sacada de una película de ciencia ficción de los años 60 dijo "muchachos, este modelo de cámara fue llevado a la luna por un Apolo". Le gustaba congelar los momentos en imágenes, ya sea en color o en blanco y negro, que después compartía con aquellos alumnos que lo solicitaban. El registro histórico escolar que hoy conservo en fotografías se lo debo a él. Desafortunadamente en ninguna de ellas apareció mi maestro. Hoy, después de treinta y cinco años, no sé qué ráfaga de viento me trajo su recuerdo, pero lo que le alcancé a pepenar lo escribí aquí. Gracias maestro Fer.

sábado, diciembre 07, 2013

Cosas que pasan

Este mes el tráfico en Villahermosa ha estado espantoso. El trayecto a mi trabajo que normalmente me lleva 15 minutos, ahora me ha llevado entre una y dos horas. Es una salvajada. Y es que al gobierno estatal se le ocurrió empezar este mes las obras viales pendientes de todo el año. Es desesperante tratar de cruzar un puente que tiene sólo un carril y hay cinco filas de vehículos queriendo atravesarlo a la vez. Y si esto fuera poco, agréguese el detalle que dicho puente desemboca en un crucero que parece un auténtico nudo mixteco. Hay sólo dos vías para ir a mi trabajo, desafortunadamente cada una tiene su puente (pigua y samarkanda), o nudo, o vómito, como se le quiera llamar. Si aquel es un nudo mixteco, este es uno de marinero. En estos embotellamientos me ha tocado ver lo peor del comportamiento humano. El carril autorizado para el cruce de cualquier puente es el que desemboca directamente en él, toda persona lo sabe, o cuando menos lo intuye. He calculado, en medio de este río caudaloso de vehículos, que sólo un tercio de los conductores respetamos esta convención civilizada. Los otros dos tercios, violando vilmente los reglamentos y el derecho de los demás, quieren arrebatar a como de lugar un espacio. Para lograr su propósito de animal depredador (con el perdón de estos inocentes animales), invaden el carril contrario para luego, cien metros más adelante, intentar meterse a la brava en la fila correcta echándote el carro encima, o bien, dirigiéndote miradas suplicantes para que los dejes incorporarse, después de que en su loca carrera de "rápido y furioso" se encuentran de frente con un trailer cuyo conductor, con una sonrisa torva de drogo, está dispuesto a darles un besito con su parachoques de metal. Me tocó apenas hace unos días, ser testigo del comportamiento escasamente humano de un conductor que manejaba una mini van tan vieja como la rueda atiborrada de gente, entre ellos muchos niños. Mientras nuestra fila estaba detenida, vi por el retrovisor que venía en sentido contrario mientras que en el otro sentido (el correcto), venía un camión de pasajeros sin traza de detenerse. Para evitar el encontronazo que seguramente el conductor del camión urbano (relamiendose los labios) deseaba, la mini van se me pegó tanto que rozó mi retrovisor al tiempo que el camión pasaba como flecha entre agudos rechinidos. Atrás de este primer camión pasó otro, y luego otro. Los niños que iban en el interior de la mini van, me miraban suplicantes con su ojito lagrimosos, su rostro entre pálido y cenizo, y los hombres y mujeres, con los ojos como platos, y sus brazos como tenazas alrededor de sus hijos, soltaban gritos roncos de terror con cada camión que les pasaba rozando. Mientras sentía lástima y preocupación por todos ellos, buscaba la cara del conductor de la mini van para dirigirle una estrepitosa y merecida mentada de madre. Entonces, empezó a avanzar mi fila y esperé a que se hiciera un espacio para que, en contra de mi voluntad y sobre mi coraje, este hijo de la ... se metiera. Pues no contento con esta terrible acción, el muy cabrón volvió a invadir el carril contrario y a los 50 metros volvió a sucederle lo mismo. Estos comportamientos merecen cárcel y revocación de licencia de por vida. Muchos mexicanos están convencidos de que violar la Ley es un derecho ¿Quien dice que sólo los políticos tienen fuero? Bueno, pues lo dice la Ley, esa misma Ley que todos violamos cada día cuando nos estacionamos en las áreas para minusválidos, cuando circulamos por acotamientos, cuando nos pasamos la luz preventiva, cuando nos estacionamos en doble fila o tapamos cocheras, cuando en carretera rebasamos por el carril de baja, y si me sigo no acabo.

viernes, diciembre 06, 2013

Cita breve

“Margueritte dice que cultivarse es intentar subir a lo alto de una montaña. A día de hoy, entiendo mejor lo que eso significa. Cuando estás en el llano, crees que lo ves y lo sabes todo del mundo: la pradera, la alfalfa y las bostas de vaca (el ejemplo es mío). Una buena mañana, coges la mochila y empiezas el ascenso. Cuanto más te alejas, más mengua lo que dejas atrás: las vacas se vuelven tan pequeñas como conejos, como hormigas, como cagarrutas de mosca. En cambio, el paisaje que descubres al subir parece cada vez mayor. Creías que el mundo se terminaba en la colina de enfrente, ¡pues no! Detrás de ésa hay otra, y otra y, un poco más arriba, aún otra. Y luego todo está lleno de colinas. El llano en donde vivías tan tranquilo sólo era un llano igual que muchos otros, ni siquiera el más grande. ¡De hecho era el agujero del culo del mundo! De camino te cruzas con algunas personas, sin embargo, cuanto más te acercas a la cima menos gente hay ¡y más frío pasas! Es una manera de hablar. Una vez coronas la cumbre, te sientes contento y muy fuerte por haber llegado más arriba que los demás. Puedes mirar a lo lejos. Pero, al cabo de un momento, te das cuenta de una tontería: estás solo, sin nadie con quien hablar. Completamente solo y minúsculo.
Y desde la perspectiva de Dios, alabado sea, probablemente tampoco eres más grande que una puta cagarruta de mosca.
Cuando Margueritte me dice: «¿Sabe Germain que la cultura aísla?», seguro que piensa en eso.
Creo que tiene razón, ver siempre la vida desde abajo debe de producir una maldita modorra.
Moraleja, permaneceré a mitad de la pendiente y contento si llego hasta allí.”

Pasaje de: Marie Sabine Roger. “Tardes con Margueritte"

domingo, noviembre 24, 2013

Mi bautizo

Soy Alex. Ayer fui bautizado a las 13 horas en la parroquia del sagrado corazón de Jesús de Villahermosa Tabasco. La comida se sirvió en un bonito lugar de la misma ciudad. La fachada del edificio estaba coloreada de naranja y beige; había música ambiental que invitaba a los presentes a arrellanarse en sus mullidos canapés azules que estaban esparcidos a lo largo de los pasillos. Fue un bonito día soleado con nubes blancas y apacibles estampadas en un lienzo azul; estaban casi inmóviles, como si el mal tiempo les hubiera reservado un espacio de calma para salvaguardarlas de los azarosos vientos del norte. El viento suave y fresco que soplaba nos acariciaba con sus manos de seda que se extendían desde las márgenes del caudal perezoso del arenoso río carrizal. Mi ropón blanco de algodón tenia una delgada cinta de brocal con rallas diagonales de colores que corría a lo largo de los ojales y lo coronaba un bonito gorro que tenía una pequeña visera con la misma cinta de brocal que adornaba mi ropón. Todo el conjunto, combinado con los chapetes encendidos de mi cara rolliza, (está mal que yo lo diga pero) me daban el aire de un niño pintado por Velazquez. Mi mamá traía puesto un vestido de seda que, gracias a los buenos oficios de la gravedad y a las bondades de la tela, estaba ausente de arrugas y dobleces. Estaba estampado con anchas rayas horizontales anaranjadas y blancas. Su pelo largo le llegaba a los hombros y le resbalaba por la espalda en graciosos rulos como simulando una cascada. Mi sonriente papá, que nos miraba a través de sus negros lentes de carey, llevaba el pelo corto como de cadete militar que, ayudado por su barba de candado, disimulaba bien su calvicie prematura. Él vestía una bonita guayabera rosa pálido que hacia juego con su pantalón blanco marfil. Para la comida se dispuso de un bufete que se acompañó con una gran fuente de postres, bocadillos y botanas, adornada (así quiero pensar yo) con una gran fotografía de este su muy sonriente y seguro servidor. Para los niños había caballetes con grandes dibujos que esperaban ser pintados con pinceles y pastillas de acuarela, o para los que preferían saltar y echar maromas, había un castillo inflado con habitaciones y atalayas. A las siete de la noches ya no quería más queso. A esa hora ya estaba realmente engentado. Mis abuelitos ayudaron a mi mamá a acarrear con todos los bártulos (mi carreola, mi moisés, mis regalos y mi gran foto panorámica -autoría de mi tío abuelo Lucio) para darnos pronto a la fuga.

viernes, noviembre 22, 2013

Mala vialidad

Pedro llegó hoy por la mañana. Tan pronto pisó home agarró calle acompañado por Gladis y Alejandra. Pasaron a ver un rato a su sobrino Alex y enfilaron después con rumbo a Reforma para visitar a su Abuelita Maty. Estuvieron de regreso como a las ocho de la noche, hora en la que por fin pude verlo. Cenamos juntos unas estupendas enchiladas bañadas con un rico mole que su abuelita le preparó. Gladis llegó quejándose amargamente del tráfico lento de Villahermosa. Desde hace como un año los embotellamientos viales en la ciudad han ido creciendo hasta convertirse en eficientes generadores de migraña. Parece que el gobierno de la ciudad inició simultáneamente todas las obras pendientes con el propósito propagandístico de mostrarnos lo cumplidores que son. Acción muy explicable y lógica si tenemos en cuenta nuestra natural inclinación de poner en duda todo lo que el gobierno y los medios de comunicación nos informan. Las obras de construcción que el gobierno lleva a cabo, combinadas con los abundantes encharcamientos que las lluvias han dejado, las reducidas y serpenteantes calles llenas de baches, el exceso de vehículos circulantes, la pírrica educación vial de los conductores y una infinidad de cafres al volante entrenados en las pistas de carreras virtuales de xbox, hacen que circular en la ciudad en horas pico sea un tormento comparable a la quemazón de pies de nuestro venerable antepasado azteca Cuauhtémoc. Ni que decir cuando todo lo anterior se conjugo con el "buen fin"; durante esta calamidad me dieron ganas de dejar el coche botado en medio de la calle y terminar mi trayecto faltante a paso redoblado.